Archivo | septiembre, 2007

Leyendas de otoño

18 Sep

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A finales de octubre de 1914 tres hermanos cabalgaron desde Choteu, Montana hasta Calgary, en Alberta, para alistarse en la Gran Guerra ( los Estados Unidos no entrarían en la contienda hasta 1917). Les acompañaba un viejo indio cheyenne llamado One Stab, que debía regresar con las monturas en reata; los caballos eran purasangres, pues el padre no consideraba adecuado que sus hijos se fueran a la guerra montados en jamelgos. One Stab conocía todos los atajos del norte de las Montañas Rocosas, de modo que su cabalgata fue por territorios salvajes, en buena parte lejos de carreteras y asentamientos. Partieron antes del alba; su padre iluminaba el establo con una lámpara de petróleo, que sostenía por encima de la cabeza, envuelto en su abrigo de piel de búfalo. Todos callaban, y el aliento de su padre, cuando les dió el abrazo de despedida, formó una pequeña nube blanca que ascendió hasta las vigas del techo.

La chica de al lado

13 Sep

¿Crees saber qué es el dolor?

Habla con mi segunda mujer. Ella lo sabe. O cree saberlo.

Cuenta que, cuando tenía diecinueve o veinte años, se interpuso entre una pareja de gatos que se peleaban (su gato y el de un vecino) y que uno de ellos fue hacia ella, trepó por su cuerpo como su fuera un árbol, y le dejó heridas en las caderas, los pechos y la tripa que todavía pueden verse hoy en día. La asustó tanto que cayó sobre el Hoosier de principios de siglo de su madre, y al hacerlo rompió su mejor figura de porcelana y se dejó un arañazo de quince centímetros en las costillas. Creo que me dijo que le dieron treinta y seis puntos. Y tuvo fiebre durante varios días-

Mi segunda mujer dice que eso es dolor.

Esa tía no sabe una mierda.

Tios

13 Sep

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Sabemos que ha llegado el verano cuando el tío Pepe lleva puestos dos pantalones. En invierno lleva tres.
Bohumil Hrabal,  Las desventuras del viejo Werther

Gustavo y yo eramos inseparables en la época en que le regalaron “Los ídolos”. teníamos diecisiete años. Duma, su admirable tía vieja, le envío el libro de Luci Sansilvestre…    Manuel Mujica Lainez,  Los ídolos.

 Para explicar cómo mi tío Nick me pidió que fuera a trabajar con él, tengo que remontarme al entierro de mi madre.
J. B. Priestley,  Imperios perdidos

El año pasado, durante una crisis personal, mi tío Benn – B. Crader, el conocido botánico – me enseñó una viñeta de Charles Adams.
Saul Bellow,  Son más los que mueren de desamor

El pazo de Orbande era muy antiguo. Allí vivía mi tía Rosa María, hermana de mi abuelo materno.
Anxel Fole,  El espejo

Yo tenía más de cincuenta años cuando conocí a mi tía Augusta. Fue en el funeral de mi madre.
Graham Greene, Viajes con mi tía

No siempre tío Gavin desempeñó su cargo desde que lo designaron fiscal del distrito.
William Faulkner,  Mañana

Había oído rumores sobre la tía de Seaton mucho antes de encontrarme efectivamente con ella.
Walter de la Mare,  La tía de Seaton 

El verano pasado, el viejo chalet de tía Isabel fue condenado al derribo.
Juan Marsé,  La oscura historia de la prima Montse

Tenía yo unos nueve años cuando un hombre vino a casa de mis tíos, donde yo estaba pasando unos días del otoño.                                                                                            Bernardo Atxaga, Nueve palabras en honor del pueblo de Villamediana

           
Esta mañana recibí una nota de mi tía en la que me pedía que fuese a comer con ella.
Walker Percy,  El cinéfilo.

Yo reemplacé al tío Melchor Gascón en el cementerio. Él me lo enseño todo.              Antón Castro,   Oficio de difuntos

Mi tío Daniel es un tío cualquiera, como el suyo, suponiendo que tenga usted alguno, solo que cojea de un pie.
Eudora Welty,  El corazón de los Ponder

Cuadernos de África

8 Sep

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Marzo 1988

Estoy en Gao y tengo un taller sobre el Níger.
Lo peor fue la travesía Alicante-Orán, en un barco atiborrado de árabes durmiendo en los pasillos, repletos de basuras y de vómitos, sin restaurante, y con una tempestad en el mar.
Hay moscas grandes como palomas y niños con el vientre hinchado como el pecho de una mujer.
Ahora que estoy solo, te echo de menos como a un diente.
Duermo en la azotea de casa bajo las dulces cosquillas de los mosquitos.
Comemos tomates, pimientos y carne de cabra. Discuto los precios.

Miquel Barceló.
Traducción de Nicole d’Amonville Alegría. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2004