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Gigi

17 Mar

No olvides que vas a casa de tía Alicia. ¿Me oyes, Gilberte? Ven; te haré los rizos.

—Abuela, ¿no crees que podía ir sin papillotes?

—No lo creo —repuso con moderación madame Alvarez.

Posó encima de la llamita azul de un hornillo de alcohol, las viejas tenacillas cuyos brazos terminaban en dos pequeños hemisferios de metal macizo, y preparó los papeles de seda.

—Abuela, ¿y si, para cambiar, me hicieras una onda a un lado?

—Ni hablar. La máxima excentricidad permitida a una muchacha de tus años, es llevar unos rizos en las puntas de los cabellos. Siéntate en la banqueta.

Al sentarse, Gilberte dobló sus piernas zancudas de quince años. Su falda escocesa descubrió unas medias de hilo acanalado hasta más arriba de las rodillas, cuya rótula ovalada era sin que ella lo sospechara, una pura perfección. Poca pantorrilla, el empeine del pie alto, tales encantos hacían lamentar a madame Alvarez que su nietecita no hubiera estudiado danza. Asió con las tenacillas calientes los mechones de color rubio ceniza, torcidos y aprisionados en papel fino. Con paciencia y habilidad, sus manos gordeuelas reunían en gruesos bucles sueltos y elásticos el magnifico espesor de una cuidada cabellera, que no rebasaba mucho los hombros de Gilberte. El olor vagamente avainillado del papel fino y el calor de las tenacillas adormilaban a la muchacha inmóvil. Además, Gilberte, sabía de sobra que toda resistencia sería vana. Casi nunca pretendía huir de la autoridad familiar.

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Claudine en París

16 Mar

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Desde hoy vuelvo a llevar mi diario, que hube de interrumpir durante mi enfermedad, ¡pues, de verdad, creo que he estado muy enferma!

De momento aún no me siento muy fuerte, pero me parece que ha pasado el período de fiebre y gran desesperación. Por supuesto, no me cabe todavía en la cabeza que haya gente que, por su gusto y sin que la obliguen, viva en París, no, pero empiezo a entender que pueda interesar a alguien lo que ocurre en esas grandes jaulas de seis pisos.

Para hacerles honor a mis cuadernos, tendré que contar por qué estoy en París, por qué dejé Montigny, la tan querida y tan fantasiosa escuela, donde la señorita Sergent, sin importarle el qué dirán, sigue adorando a su pequeña Aimée mientras las alumnas hacen las mil y una, por qué dejó papá sus babosas, todo eso, todo eso…

Claudine en la escuela

15 Mar

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Me llamo Claudine, vivo en Montigny, en donde nací en 1884 y, con toda probabilidad, no moriré aquí. En mi Manual de Geografía departamental puede leerse: «Montigny-en-Fresnois, linda villa de 1.950 habitantes, construida en forma de anfiteatro sobre el río Thaize; se puede admirar en ella una torre moruna, bien conservada.» ¡A mí, estas descripciones no me dan ni frío ni calor! Por otra parte, el Thaize no existe. Ya sé que se supone que cruza los prados debajo del paso a nivel; pero en ninguna época del año se puede encontrar en su cauce con qué lavar las patitas de un gorrión. ¿Montigny construido en forma de un anfiteatro? Yo no lo veo así; a mi entender es una serie de casas que van descendiendo desde lo alto de la colina hasta abajo, hasta el valle, parecidas a los peldaños de una escalera, a la sombra de un gran castillo que se restauró en el reinado de Luis XV y que ya está más ruinoso que la torre moruna, la cual se halla en la acutalidad completamente cubierta por la hiedra, desmoronándose lentamente día tras día. Es una aldea, no una villa. Las calles — ¡gracias a Dios! — no están pavimentadas, y corren de vez en cuando por ellas pequeños torrentes, secos al cabo de un par de horas. Es una aldea, ni siquiera muy bonita, y, no obstante, la adoro.