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Con la miel en los labios

17 Mar

Aunque algunos de ellos habían concluido ya la carrera y acudían sólo a la universidad para estudiar en la biblioteca, trabajar en los seminarios, terminar los cursillos de doctorado o impartir alguna asignatura en los primeros cursos, y otros, como era el caso de Xavier y Arturo, no habían pasado siquiera por ella, se seguían reuniendo a últimas horas de la mañana, finalizadas las clases y antes de regresar a casa para el almuerzo, en el bar de la Facultad. Para hablar, y llevaban años haciéndolo, de todo -o de casi todo, porque los temas tildados de frívolos y el chismorreo quedaban en teoría, no en la práctica, excluidos-, pero en especial de filosofía, de literatura y de política. No ya propiamente, allí y entonces, para conspirar, aunque adoptaban y arrastrarían luego durante largo tiempo, unos más que otros, un halo romántico y densamente literario de conspiradores, y aunque rememoraban con fruición batallitas solitarias o compartidas (Andrea le confesaría a Inés, cuando se hicieron tan amigas, que le parecían un punto anacrónicos, muy años sesenta, tomándolo todo, tomándose a sí mismos tan terriblemente en serio y discurseando permanentemente ex cátedra, y que los llamaban los estudiantes más jóvens, y palabra que el mote no lo había inventado ella, “los últimos progres”), mientras bebían vino peleón, o agua sin gas, y fumaban sin parar tabaco negro.

ESTHER TUSQUETS, Con la miel en los labios.

Anagrama, 1997.

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