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El honorable colegial

21 Feb

Después, en lo polvorientos y oscuros rincones en que los funcionarios del servicio secreto, en Londres, se reúnen para tomar unas copas, hubo una discusión referente al punto en ue la historia del caso Dolphin realmente debía empezar. Un grupo, dirigido por un flaco individuo especializado en transcripciones microfónicas, llegó a asegurar que el punto pertinente se remontaba a setenta años atrás, cuando aquel “supercanalla Bill Haydon”, vino al mundo, bajo la influencia de una traidora estrella. El solo nombre de Haydon bastaba para producirles escalofríos. Incluso ahora sigue siendo así. Sí, por cuanto se trataba de aquel mismo Haydon que, hallándose todavía en Oxford, fue reclutado por Karla, el ruso, para que actuase como “topo” o “durmiente”, lo cual, en idioma normal y corriente, significa agente de penetración que trabaja en contra de sus propios compañeros. El mismo hombre que, guiado por Karla, entró en las filas de los agentes secretos ingleses y los espió durante treinta años o más. El mismo que, al ser descubierto, motivó -o al menos así se creía- que los ingleses quedaran tan hundidos que se vieron obligados, sin poderlo remediar, a aceptar una fatal subordinación con respecto al servicio hermano norteamericano, al que, en su extraña jerga, denominaban “los primos”. Los primos cambiaon de arriba abajo el reglamento de juego, dijo el flaco individuo con el mismo acento cn que hubiera deplorado la mecanización del tenis. Y lo habían destrozado, añadieron sus subordinados.

John Le Carré. Ed. Noguer, 1978. Traducción de Carlos Casas