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Reflexiones sobre una Venus marina

26 May

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En el cuaderno de notas de Gideon encontré una vez una lista de enfermedades todavía no clasificadas por la ciencia médica, y entre ellas aparecía la palabra islomanía, descrita como una dolencia del espíritu, rara pero en modo alguno desconocida. Hay personas, solía decir Gideon a modo de explicación, a quienes las islas les resultan, quién sabe por qué, irresistibles. El simple conocimiento de que se encuentran en una isla, en un pequeño mundo rodeado por el mar, las llena de una indescriptible embriaguez. Estos islómanos natos, solía añadir, son los descendientes directos de los atlántidas, y durante toda su vida isleña su subconsciente tiende hacia la perdida Atlántida…Olvidé los demás detalles. Pero, como todas las teorías de Gideon, era ingeniosa. Recuerdo el encarnizamiento con que se discutió a la luz de las velas en Villa Cleóbulo, hasta que la luna descendió sobre el debate y hasta que las afirmaciones de Gideon fueron ahogadas por sus bostezos; hasta que Hoyle comenzó a golpear sus gafas contra la uña del pulgar de la mano izquierda, que era su manera de empezar a decir buenas noches; hasta que Mehmet Bay, en la casa situada al otro lado del bosquecillo de adelfas, cerró con violencia los postigos como protesta por lo tardío de la hora. Y sin embargo, la palabra se mantuvo; y aunque Hoyle rechazó su aplicación a islas que no fuesen las del Egeo, mientras que Sand no se resignaba a examinar con detenimiento una teoría tan irracional, todos los demás, por admisión tácita, sabíamos que eramos islómanos.

Lawrence Durrell, Reflections on a Marine Venus

Traducción del inglés de Floreal Mazía

Península.  Barcelona, 1999