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Hombre en suspenso

27 Mar

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Diciembre 15, 1942

    Hubo un tiempo en que la gente tenía el hábito de hablarse frecuentemente a sí misma y no se avergonzaba de llevar un registro de sus experiencias íntimas. Pero llevar un diario es considerado hoy en dia una suerte de complacencia excesiva para consigo mismo, una debilidad y algo de mal gusto. Porque ésta es una época de rudeza. Hoy, el código del atleta, del muchacho duro  – según mi parecer, una herencia americana del caballero inglés -,  esa peculiar mezcla de esfuerzo, ascetismo y rigor, cuyos orígenes algunos hacen remontarse a Alejandro el Grande, tiene más fuerza que nunca. ¿ Tiene usted sentimientos ? Hay maneras correctas e incorrectas de manifestarlos. ¿ Tiene usted una vida interior ? Ella no atañe a nadie aparte de usted mismo. ¿ Tiene usted emociones ? Estrangúlelas. Todos obedecen este código hasta cierto punto. Y éste admite cierta clase de sinceridad, una rectitud cautelosa. Pero tiene un efecto inhibitorio en la verdadera sinceridad. La mayoría de los asuntos serios están vedados a los rudos. Éstos carecen de práctica en introspección y, por consiguiente, están muy mal preparados para tratar con oponentes a los cuales no pueden enfrentarse a tiros, como si se tratase de caza mayor, ni aventajar en audacia.

Si se topa usted con dificultades, luche con ellas en silencio, ordena uno de los mandamientos. ¡ Al diablo con esto ! Es mi intención hablar de las mías, y si dispusiera de tantas bocas como brazos tiene Siva y les diera trabajo permanente, ni aún así podría hacerme justicia a mí mismo.

En mi actual estado de desmoralización, he considerado necesario llevar un diario – es decir, hablar conmigo mismo -, y ello no me hace sentirme ni autocomplaciente ni culpable en lo más mínimo. Los rudos encuentran compesaciones a su silencio: pilotean aviones o torean, mientras que yo raras veces abandono mi habitación.

Saul Bellow, Dangling man

Traducción del inglés de Augusto Gubler

Zig Zag.  Santiago de Chile, 1968

Herzog

17 Feb

Saul BellowSi estoy chalado, tanto mejor, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo. Pero ahora, aunque seguía portándose de modo extraño, sentíase seguro de sí mismo, alegre, clarividente y fuerte. Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba por ahí con una maleta llena de papeles. Había llevado esta maleta de Nueva York a Martha’s Vineyard, pero regresó enseguida de allí, y dos días después fue en avión a Chicago, y desde Chicao a un pueblo al oeste de Massachusetts. Escondido en el campo, escribió incesante y fanáticamente a los periódicos, a la gente que desempeñaba cargos públicos, a los amigos y parientes, después, a los muertos, sus propios muertos sin importancia y, por último, a los muertos famosos.

Saul Bellow, Herzog

Traducción de Rafael Vázquez Zamora