¡Puta guerra!

17 Feb

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Éramos nosotros los soldaditos bajo un sol de justicia, los pies en los trigales, la cabeza en el campo de honor, el canguelo en el vientre y la mierda en el culo.

[Jacques Tardi. ¡Puta guerra! Norma Editorial.]

La sombra del viento

8 Feb

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el
Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y
caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de
vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre
líquido.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni
a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra
por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes
contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La
enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el
día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz
para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un
espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre
y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El
piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y
libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que
algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas
que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a
conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las
incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día…
No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella
casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos,
creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces,
mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas.

01-La Sombra del Viento

Memorias del subsuelo

23 Ene

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.

Título: Memorias del subsuelo

Autor: Fedor Dostoyesvski.

Editorial Juventud

Traducción: Mariano Orta Manzano

Trenes hacia Tokio

20 Ene

Una niña sola


Delante de nuestro coche hay un coche blanco; delante del coche blanco, uno rojo; delante del coche rojo hay un camión de diez toneladas; y delante del camión de diez toneladas, una niña de cinco años.
No se mueve.

[Alberto Olmos: Trenes hacia Tokio. Madrid: Lengua de Trapo, 2006]

Matilda

18 Ene

Ocurre una cosa graciosa con las madres y los padres. Aunque su hijo sea el ser más repugnante que uno pueda imaginarse, creen que es maravilloso.

Las uvas de la ira

18 Ene

Las últimas lluvias llegaron suavemente al territorio rojizo y a parte del territorio gris de Oklahoma, sin penetrar en la tierra costrosa. Los arados hendieron una y otra vez los surcos. Las últimas lluvias hicieron madurar con rapidez el trigo y poblaron las márgenes de los caminos de malezas y pasto, con lo que el campo gris y el campo rojizo comenzaron a desaparecer bajo la capa de verdor. A fines de mayo se despejó el

Papel mojado

18 Ene

Recuerdo una frase leída en algún sitio y repetida luego hasta la saciedad: “Lleva cuidado con lo que deseas en la juventud, porque lo tendrás en la edad madura”. Junto a ella aparece otra de semejante calibre que la complementa y que fue para los de mi generación tan importante como la primera “A partir de cierta edad cada hombre es responsable de su rostro”.

Título: Papel mojado

Autor: Juan José Millás

Editorial: Anaya, Colección “Tus libros: Policíacos”, nº 33